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(Segunda de cinco partes de: Entre el apocalipsis y la utopía)
Intentando explicar nuestra obsesión con el fin de los tiempos, William Gibson asegura que "el apocalipsis sucedió ayer" . El problema es que no nos dimos cuenta (estábamos esperando todo un espectáculo con cortinillas y tema musical).
El mundo, como dice otro escritor, no termina con una explosión, sino con un lloriqueo. El problema de nuestra vida es qué hacer después de que el mundo terminó.
La desaparición del futuro es parte de una sintomatología más amplia, que incluye el fin de casi todo, y que marca una relación particular de la civilización occidental con respecto al tiempo. Si el futuro desapareció, habría que pensar cuándo aparece por primera vez y habría que elaborar un "loop extraño" para abordar la ciencia ficción, el género literario que mejor puede abordar la discusión sobre la tecnología, desde la perspectiva de la misma tecnología.
El tiempo, y la historia, hacen su aparición como algo que puede ser transformado a partir de nuestro "escape" de la Edad Media, como parte de la construcción de un proyecto que se reconoce como "era Moderna' y que está íntimamente ligado a la invención de la imprenta. No es casualidad que Tomás Moro publique su "Utopía" en 1516.
El libro, ése artefacto extraño, trae empotrada una estructura que implica un Génesis y un Apocalipsis, un principio y un final contenido entre sus pastas. La novela es producto directo de este artefacto cultural. La visión del tiempo de un libro es siempre lineal e implica un orden racional, en términos de causa y efecto, completamente obsesivo: letra después de letra, palabra después de palabra, renglón después de renglón, página después de página. El alfabeto fonético, a su vez, implica un orden abstracto de las cosas, no sensible (como la pintura) sino conceptual y racional (por eso la insistencia de la arbitrariedad del signo de Saussure). El juego de palabras del término inventado por Tomás Moro, "utopía", implica ya este juego de lenguaje, a la vez un no-lugar (ou-topos) y un mejor lugar (eu-topos). Un neologismo para explicar una nueva concepción del tiempo, el tiempo de lo posible. El "lugar feliz" deja de estar fuera de la historia (el paraíso terrenal, por ejemplo) y pasa a ser una posibilidad. La reproducción en serie del libro como artefacto tecnológico, íntimamente ligada a la ciencia y a la razón, dibuja la puerta de una nueva concepción del futuro: la realidad puede (y debe) ser afectada. La tierra prometida pasa a ser responsabilidad de un proyecto humano: se tiene que inventar.
Si el hombre educado, el individuo, (aquel que lee y que entiende los procesos de orden y racionalización que supone la reproducción masiva de libros, de conocimiento; aquel capaz de formular juicios individuales que pueden ser refutados o aceptados, comprobados, por un público igualmente racional) utiliza la razón para entender un mundo objetivo (también racional, ordenado, común a todos), el hombre educado puede cambiar el mundo para que este sea mejor. La noción de transformación humana del mundo, tanto natural como social, es, según McLuhan, efecto de la cultura escrita, amplificado por la imprenta.
(Lea mañana: Cuando comenzó el futuro. Tercera parte.)
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